AZULES DE LA PROVINCIA

Cada vez que tengo la posibilidad de viajar a Río Gallegos, me gusta hacerme una escapadita hasta Alcorta 231, caminar por la vereda de enfrente, observar la Casa de Gobierno desde afuera y sacarme una selfie. La tarde del 20 de octubre de 2026 no fue la excepción. Con un sol reconfortante para esta primavera patagónica, salí por la calle San Martín hacia la avenida principal y pasé frente al hotel Santa Cruz, donde todavía está aquella mesa redonda con su mantel a cuadros junto a la ventana que da al Ministerio de Economía. La misma que Néstor Kirchner ocupó durante incontables horas y que hoy tiene una placa en su honor.

Como no podía ser de otra manera, iba pensando en la política que nos parió. Venía de una entrevista con un peronista ortodoxo, después de haber coincidido con una histórica dirigente de la Unión Cívica Radical (UCR). Nos saludó y me dijo: “Si querés saber qué es la lealtad en el peronismo, pregúntame a mí”. No podía dejar escapar ese registro. Como tantos otros, quedó anotado en mi memoria, en ese cuaderno invisible que llevo conmigo durante las conversaciones, a veces casuales, que forman parte de mi trabajo de campo para la tesis.

Lo primero que me llamó la atención al acercarme a la Casa de Gobierno fue la fuente de agua sobre el margen izquierdo del edificio. ¡Que divino sería tener fuentes así en Caleta Olivia!, pensé. Pero al llegar a la esquina, mi andar despreocupado comenzó a transformarse en una sensación inquieta. Había algo extraño. Todo parecía quieto, como una tensa calma. Dos estructuras de nylon, similares a pequeños invernaderos captaron mi atención. Parecía que allí se estaba experimentando algún tipo de cultivo. En su interior había cajas dispuestas ordenadamente, con hojas verdes cuya especie no pude identificar. No me acerque mucho más, a pocos metros, un joven policía montaba guardia.

Seguí caminando. La puerta de la Casa de Gobierno estaba abierta. Una gestión de “puertas abiertas”, pensé. El recibimiento consistía en una pantalla que reproducía, una y otra vez, las publicidades de los actos oficiales de la gestión provincial. Al acercarme al final de la cuadra, el sol resplandecía sobre las camionetas SW4 grises y las 4×4 ploteadas con la inscripción “Gestión Claudio Vidal.” El portón del lateral también estaba abierto. Me hubiera encantado entrar, curiosear, conocer un poco más, pero no me atreví.

En la esquina me detuve por unos minutos frente al monumento a los policías caídos. Fotografié la placa en la que figura el nombre de mi tío abuelo, Ramón Santos. También retrate imágenes del histórico palco. Pensé en aquellos momentos fundacionales de la democracia en nuestro territorio y en tantas otras cosas que se agolpan en la memoria cuando una camina por lugares cargados de historia.

En busca de dignidad

Fue entonces cuando me acerqué a observar aquella estructura de madera, improvisada, instalada en la vereda de la Jefatura de Policía donde flameaba la bandera Argentina.

Había varios hombres parados afuera, conversando. Una carpa en plena Casa de Gobierno, en el centro del poder político provincial, en la ciudad capital. Mi curiosidad antropológica no podía dejar pasar la escena. Por momentos, tuve la impresión de que aquella carpa era invisible. Estaba ahí, a la vista de todos, pero parecía que nadie pudiera verla.

 – ¿Puedo sacar una foto? –Les pregunté.

 – Claro que sí.

– ¡145!  –Me respondieron.

Ciento cuarenta y cinco días. “Llevamos 145 días pidiendo que nos paguen. Pedimos dignidad, ya no queremos diálogo, necesitamos una solución”.

En aquella carpa había santacruceños que cumplieron más de treinta años de servicio en las fuerzas de seguridad. Policías retirados y la esposa de uno de ellos, que cocinaba calzones rotos para compartir con quienes sostenían la protesta. Una estufa, seguramente testigo de las noches más crudas del invierno, ocupaba parte del espacio. En su interior, los nombres escritos buscando dejar constancia de quienes estaban allí. Había un par de mesas, un teléfono celeste sobre una viga y un santo en la esquina.

Los escuché con sorpresa (porque en teoría hacía meses se había solucionado el conflicto policial) y les pregunté qué hacían ahí.

Su respuesta fue directa. El conflicto se había iniciado por un reclamo de aumento salarial. Según me explicaron, el incremento se pagó al personal activo, pero no a los retirados y pensionados. Dijeron que, pese a haberse formalizado el acuerdo salarial, ellos quedaron afuera. Y que la decisión de no liquidarles lo adeudado respondía al “capricho” del Ministro y a la obediencia de sus superiores.

Por eso, llevaban 145 días sin cobrar.

También me contaron que, para disponer del uniforme completo, un policía en actividad debe invertir aproximadamente tres millones de pesos. Ellos, a su vez, cargaban con los padecimientos propios de la edad y las consecuencias directas de años de trabajo en una profesión que los había enfrentado a situaciones extremas.

Uno de ellos comenzó a recordar:

“Hace treinta años no era igual, no había forenses. Nosotros asistíamos en situaciones muy difíciles. Debíamos retirar cuerpos sin vida, personas desmembradas, vecinos colgados de una soga. También recibíamos balazos. Ese fue nuestro trabajo”. 

Me hablaba con la fragilidad de quien lleva la profesión en el alma, la lealtad en la sangre y la esperanza en su reclamo. En sus palabras convivían el orgullo por el deber cumplido y el cansancio de tener que reclamar, después de tantos años por sus derechos.

Otro de los presentes recordó con rabia una sanción que había recibido durante el gobierno de Alicia Kirchner. Apretaba los dientes al relatar el episodio. Estaba furioso, dijo, aunque enseguida introdujo otro matiz en su recuerdo.

 “Cuando estuve mal de salud, fue la misma ex gobernadora quién envió ayuda para que me atendieran, me trasladaran al hospital y recibiera los cuidados para recuperarme…  gracias a ella, ahora estoy acá”, dijo. Todavía parecía dolerle aquella sanción. Sin embargo, reconocía el gesto que, según su relato, le había permitido recibir atención médica cuando más lo necesitaba.

La escena me hizo pensar en los caminos sinuosos de la política, en sus contradicciones y en esas experiencias que no caben en una división sencilla entre buenos y malos. Las memorias de quienes protagonizan la historia rara vez son lineales. Una misma persona puede encarnar, en el recuerdo de alguien, el agravio y la ayuda, la injusticia y el reconocimiento.

También pensé en el actual sistema de salud, en el valor concreto de acceder a un hospital público y a los medicamentos necesarios para seguir viviendo. En la Santa Cruz, donde las distancias y las desigualdades territoriales pesan sobre la vida cotidiana, esas cuestiones no son abstracciones ideológicas porque marcan la diferencia entre la vida y la muerte.

Pero hubo un momento que desplazó todas mis reflexiones. Uno de los presentes con lágrimas en los ojos y su voz quebrada me dijo, “Me quedo acá porque estoy pidiendo dignidad, nos sentimos abandonados”. 

No había mucho para agregar.

Al despedirme, solo pude agradecerles los mates amargos, los calzones rotos y, sobretodo la posibilidad de escucharlos. Les dije que también sabía lo que significaba que intentaran hacerte invisible. También, les conté que tenía un pequeño portal web y que me comprometía a difundir su reclamo por la zona norte.

Regrese por el mismo sendero, Alcorta 231. El halo de extrañeza se había disipado, pero algo de aquella escena se había quedado conmigo.

Ahora, al volver a casa, sabia que en la capital provincial había hombres y mujeres, “azules de la provincia” que seguirían luchando por los retirados de toda la provincia, sabía que podía cumplir con mi palabra, y también sabía que mientras todo eso seguía pasando en el mismo predio de la Casa de Gobierno, alguien estaba cultivando rúcula.

Espero con gracia, haber cumplido mi palabra.

Por Laura Córdoba  para etnográficas.com 

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